domingo, 16 de julio de 2017

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS: PROBLEMAS TÉCNICOS

En la casa, los procesos de lavado, vestido, y desvestido estaban totalmente automatizados. Por la mañana, los niños se aseaban solos y Macarena les ayudaba a acabar de vestirse. Por la noche, y mientras su madre bañaba a Pelayo en el barreñito, los dos hermanos mayores entraban juntos a la bañera. Eso sí, no sin antes rezongar un poco, pues de sobra sabían que el baño era el preludio del fin de la jornada. En ese baño nocturno, era Macarena la encargada de hacer desaparecer las costras conseguidas con tanto trabajo a lo largo del día, y aunque cada vez dejaba más partes del proceso en manos de los chicos, todo se hacía siempre bajo su atenta supervisión.
Después de la cena siempre llegaban los besos de buenas noches de papá y mamá y, si había suerte y habían sido buenos, puede que hasta un pequeño cuento.
El cielo de aquella clara mañana de verano invitaba a salir al jardín cuanto antes. Para el día en curso Pablo tenía una agenda muy apretada e interesante. Una vez llenos sus estómagos, los chicos se encerraron en el baño para pasar a la fase dos, la del aseo, con la debida intimidad que el asunto del acicalamiento requería y lejos del control de Macarena, el implacable azote de la roña.
Los dos niños se situaron frente al espejo dispuestos a comenzar con la tarea. Rodrigo a duras penas asomaba la barbilla por encima del mármol de la pila del lavabo, así que se subió a un taburete, mientras observaba atento a su hermano, intentando imitarle en todos sus gestos.
Pablo abrió el grifo del lavabo hasta conseguir el caudal de agua que le pareció adecuado a su propósito, porque de todos era conocido que los excesos nunca eran buenos para nada, e introdujo el dedo índice de cada mano en el chorrito. Después se dedicó a adecentar aquellas partes de su anatomía que sabía que podrían delatarle en caso de inspección. Eso en la práctica equivalía a decir que se limitó a frotarse los ojos, y más concretamente la zona cercana a la nariz en la que solían acumularse esas costrillas tan delatoras. Rodrigo, a su lado, le imitaba mientras tanto con precisión matemática.
Acto seguido los dos hermanos se emplearon a fondo en aplastar su pelo sobre la frente hasta que el volumen del cardado nocturno disminuyó a un tamaño y una posición más o menos razonables. Cuando les pareció que habían conseguido una imagen digna de sus personas, decidieron pasar al departamento de vestido y abandonaron satisfechos el baño, sin preocuparse por los remolinos de pelo rebelde de su coronilla que no alcanzaban a ver en el espejo. Ojos que no ven...
Los chicos llegaron a su habitación y se encontraron con su ropa extendida sobre sus camitas recién hechas. En mañanas diáfanas como aquella, la indumentaria de verano de los niños consistía en una camiseta con algún motivo divertido en el pecho, un calzón corto y unas sandalias de goma. A mediodía, cuando el sol apretase más, Macarena les llamaría para anudar en sus cabezas un pañuelo al estilo pirata que les protegiese del calor.
Allí estaba, aunque le costase a Macarena tener que adecentarlo la noche anterior, el bañador de lunares de Rodrigo. Idéntico al de Tarzán, su héroe preferido. Y es que Rodrigo no quería ponerse otro desde que había visto a aquel hombre saltar de liana en liana en las películas que sus padres solían ponerles cuando la lluvia les impedía hacer otra cosa.
Alguna mañana le había costado un disgusto su tozudez de pretender salir sin la camiseta al jardín, porque Tarzán no la llevaba, y hasta en una ocasión había inyentado prescindir, por su cuenta y riesgo, de las sandalias de goma. Pero las crueles hierbas del jardín habían torturado las tiernas plantas de sus pies más de lo que merecía la pena soportar. Para completar su caracterización, Rodrigo siempre llevaba con él su dinosaurio de peluche, tuerto y un poco ajado, a modo de mona Chita.
Una vez que se vistieron y que Macarena les dio su visto bueno, les despidió con viento fresco.
–Hala, y no quiero veros de nuevo hasta la hora de comer, ¿entendido?
–Ti, guana –respondió Rodrigo exactamente igual a como lo haría Tarzán.
Macarena, que se moría de risa con la medio lengua de Rodrigo, sabía de sobra que aparecerían por la cocina aproximadamente dentro de una hora, reclamando algo de comida. No había quien hiciese carrera de ellos.
Los dos niños salieron al jardín y Pablo se dirigió sin perder un segundo al seto que separaba su casa de la de Carlos. Ardía en deseos de comenzar la mañana según el plan previsto. No en vano Pablo y su amigo se habían pasado semanas cebando, a base de dieta de mosca sin alas, a dos arañas que vivían muy cerca del túnel que llevaba al escondite secreto. Cada uno la suya.
Y por fin había llegado el día D, ese que los chicos habían marcado en rojo en el calendario. Hoy las capturarían y las pondrían en una caja para ver si con un poco de suerte se peleaban.
Capturar arañas era una misión reservada sólo para aquellos valientes dignos de manejar el palo-araña. Entre ellos, y por más que se esforzase en vencer sus miedos, no estaba Rodrigo, que durante la misión se limitaría a vigilar la caja prisión, y a gritar si observaba que alguna de las reclusas osaba intentar la fuga.
Pablo había depositado muchas esperanzas en su araña, una de color marrón y negro a la que llamaba “Terminator”, en honor a un robot indestructible que protagonizaba una película que aún no había visto, pero que conocía por una sangrienta adaptación, gentileza de su amigo Carlos. Tenía motivos para sentirse orgulloso. Su araña era casi tan grande como la verde y amarilla que Carlos había bautizado como “Chubaca”.
Y por si fuese poco, todavía quedaba para el final el plato fuerte de la jornada. Carlos había prometido que éste también sería el día en el que intentaría capturar la temible “araña de los ladrillos”, una de las que se escondían en los agujeros de los ladrillos rotos, en la caseta de herramientas del jardín.
Su madre le decía que esos bichos tenían hábitos nocturnos, y eso era algo que en su idioma significaba que salían a cazar de noche. Por eso nunca había visto una de aquellas arañas al completo. Pero a Pablo le bastaba con observar las patas negras y peludas, que sobresalían ligeramente de sus turbios conos de seda, para imaginarse lo que había detrás, acechando a cualquier bicho incauto que cayese en su trampa. A veces, en sus peores pesadillas, se hacía de noche de repente y una legión de patas negras pugnaba por salir de sus nidos de araña para dedicarse a la caza. Mientras tanto él, paralizado por el miedo, lo presenciaba todo demasiado cerca como para sentirse seguro. A Pablo por un lado le atraía la idea de la caza del “arañón”, pero al mismo tiempo no podía evitar sentir cierta repulsión hacia aquellos bichos. Miedo no, eso nunca. Tan sólo un poquito de asco, que no era lo mismo. Pero para evitar posibles confusiones gramaticales nunca lo reconocería abiertamente. No como su hermano, el cobardica, que ya había anunciado que durante el safari del arañón él se encargaría de velar por la seguridad del hermanín, y a poder ser lo más lejos posible de la caseta de herramientas.
Desde luego el día prometía diversión y adrenalina a raudales. Lo raro era que Carlos no hubiese dado señales de vida aún, pensó Pablo, a la vez que permanecía atento a cualquier movimiento tras las ventanas de la casa de su amigo. Si bien era cierto que nadie de la familia de Carlos madrugaba en exceso, rara era la mañana en la que no asomaba en pijama cuando Pablo y su hermano salían al jardín.
–¡Carlos! –gritó Pablo, después de ver que las ventanas de la habitación de su amigo ya estaban abiertas de par en par para ventilar el cuarto–. ¡Carlos! –repitió.
 Nada. Carlos no asomaba. Igual estaba haciendo deberes, o desayunando. Pablo miró a su hermano, al que oía hablar sin escucharle no muy lejos de donde se encontraba. Rodrigo estaba agachado a unos metros de distancia, junto al roble. Hablaba y gesticulaba sin parar, muy al estilo Rodrigo, a un punto situado en la hierba muy cerca de él, entre margaritas y dientes de león.
Ya estaba otra vez con sus historias de Tarzán, pensó Pablo. Seguro que esta vez intentaba entablar conversación con la primera mariposa de la mañana, o con alguna cochinilla de la humedad que volvía tarde a buscar el amparo de su refugio.
Pablo no le dio más importancia al asunto y giró su vista de nuevo hacia la casa de su amigo. Fue entonces cuando vio a la madre de Carlos asomada a la ventana.
–Carlos no puede salir de momento, Pablo. Digamos que ha tenido un problema técnico. Ya le digo que te llame luego, ¿de acuerdo?
–Pues vale –Pablo apenas podía disimular su decepción.
“Problema técnico” era lo que su amigo sufría cuando estaba castigado, y eso era algo que a Carlos le sucedía muy a menudo. La mayoría de las veces debido a su mala suerte. Pablo todavía recordaba la ocasión en la que, de una carambola brillantemente ejecutada con un balón de esos que hacen daño cuando te golpean en la cabeza, Carlos se había cargado la ventana de la planta baja de su casa, dos jarrones, el televisor y la jaula de Gorbachov, el loro. Que aprovechó la circunstancia y también la ventana rota, y se escapó al grito de “¡Barça, Barça!”.
Nadie había vuelto a ver jamás a Gorbachov.
Cuando la madre de Carlos desapareció de la ventana, Pablo alzó contrariado su vista al cielo. Hasta parecía que el sol brillaba con menos intensidad en ese momento.
Pablo se dirigió al pasadizo secreto. Quizás pudiese capturar las arañas sin ayuda de nadie, a la espera de que Carlos acabase con sus tareas. Ya sabía que no podía contar con Rodrigo, así que sería inútil reclamar su ayuda. Pablo se acercó al seto y buscó con la mirada, pero se dio cuenta con rapidez de que algo raro sucedía. Las arañas habían desaparecido. En el lugar en el que deberían de estar sus telas de araña tan sólo se veían jirones de seda. Otro duro golpe para su maltrecha moral. Con toda seguridad algún pájaro se habría atiborrado de araña al pil pil para desayunar, después de lo gorditas y lustrosas que les habían quedado.
Pablo ya no sabía que otro desastre podría suceder.
¡Cómo podía cambiar todo de un momento a otro! El cruel destino había trastocado todos los planes, y ahora su mañana, antes repleta de emoción, se había quedado totalmente descafeinada. Pero no debía rendirse, que eso era de cobardes. Siempre podría llamar a Sara. Y si eso no funcionaba, todavía le quedaba la “opción Rodrigo”.
Lo de Sara estaba bien, porque tenía más o menos su misma edad y eso facilitaba las cosas en cuanto a los gustos sobre juegos, pero después de las emocionantes previsiones iniciales para esa mañana, el cuerpo de Pablo necesitaba un poco más de acción.
En cuanto a Rodrigo… Pablo quería con pasión a su hermano menor. Pero para los juegos se sentía mucho más cerca de su amigo Carlos, que le llevaba dos años, que de Rodrigo, con el que se llevaba siete. Y no sólo era cuestión de edad, porque a Pablo le daba la impresión de que, mentalmente hablando, la distancia con su hermano se agrandaba aún más.
Pablo se volvió resignado hacia donde estaba Rodrigo. Mientras caminaba hacia él, observó un poco más detenidamente a su hermano. Parecía absorto en un bulto de color amarillo chillón situado a pocos centímetros de sus pies. ¿Se trataba acaso de una pelota? Ellos no tenían pelotas de ese amarillo tan llamativo. Seguramente sería de alguno de los vecinos y habría llegado a su jardín por casualidad. Por lo que Pablo alcanzaba a ver, Rodrigo mantenía una entretenida conversación con aquella cosa. Su hermano estaba peor que una pandereta. Rodrigo le vio ir hacia él.
–Men, Pabo, men –agitaba nervioso sus manos, en claro ademán para que se apresurase–, mila, mila.

Pablo vio al bulto amarillo moverse sin ayuda de ningún tipo y se sorprendió, pero la alta hierba le impedía saber con certeza qué era aquello que Rodrigo quería que viese. Bueno, esto prometía, pensó, mientras su cabeza trataba de adivinar qué extraño juguete animado era aquel con el que había dado Rodrigo.

domingo, 25 de junio de 2017

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS: EL DESAYUNO

–¿Y a dónde se creen que van ustedes dos caballeretes?

Rodrigo, incapaz de creer en su mala suerte, intentaba engullir una bola de crema de cacao demasiado grande que se pegaba con tozudez a las paredes de su boca. Sus labios habían desaparecido bajo una masa informe de color marrón.
¡Ah!, pensó Pablo, el enemigo era sibilino y tenía mil formas. Esta vez habían cometido el error de descuidar su retaguardia, y había sido Macarena, que era como su segunda mamá, la que les había pillado con las manos en la masa.
Vergüenza y deshonor.
Como justo castigo a su torpeza, habría zumo de naranja exprimida, kiwi, tostadas con mermelada y cantidad de cereales con leche.
Rodrigo, que era un cotilla, conocía toda la vida de “Malaquena”, que así era como el pequeño la llamaba en su idioma. Sabía de ella que había venido de niña de un país que se llamaba “Cóloba”, que estaba más abajo de “Ezpana”, y en el que se hablaba el “andalú”. “Malaquena” horneaba los bizcochos más sabrosos del mundo, un proceso que se anunciaba con antelación suficiente porque, desde el momento en el que los amasaba, su dulce olor inundaba las dos plantas de la casa. Rodrigo también sabía de ella que no tenía hijitos, y que les quería a los dos como si lo fuesen. Por eso se enfadaba muy poco con ellos, y casi siempre con razón. Por fortuna esos momentos no duraban mucho en el tiempo. Sobre todo si estaba Rodrigo en el ajo, que era un poco pegajoso y muy, muy, muy besucón.
Tras la humillante captura, aquella mujer, que en casa siempre vestía una bata de margaritas rojas y azules, les obligó a ambos a sentarse como personas educadas a la mesa de la cocina y dispuso sobre ella los alimentos más sanos del mundo, servidos de tal forma que hasta parecían apetitosos. Una vez que los chicos habían hecho desaparecer el zumo y los kiwis, y cuando se disponían a atacar los cereales de chocolate y el bizcocho con trocitos de fruta escarchada, un nuevo sobresalto les dejó otra vez sobrecogidos. Tal fue el susto, que hasta Macarena brincó ligeramente debido a la sorpresa.
–¡Eureka! ¡Por fin lo encontré!
Aquel grito provenía del desván, y la voz pertenecía sin lugar a dudas al padre de los chicos.
Los niños dejaron los pedazos de bizcocho sobre la mesa y se taparon los oídos con las manos. Macarena aparcó la silenciosa tarea de preparar el desayuno, y se llevó el dedo índice de cada mano hasta los orificios de sus orejas para no escuchar lo que con toda seguridad vendría a continuación. Un instante después de que su padre acabase la frase, un enorme ruido, que Pablo se imaginó que sería como si un elefante se hubiese tirado un estruendoso e inacabable pedo, hizo temblar los cristales de la casa. Hasta llegó a mover de su sitio los cubiertos en la mesa.
–Demonioz, ¡ezte zí que fue beno! –gritó alborotado Rodrigo.
En la cocina nadie pareció asustarse. Los niños, enormemente divertidos, intentaban imitar el trueno a menor escala.
Era muy habitual que las frases que su padre comenzaba por un “eureka” acabasen más o menos del mismo modo. Lo único diferente era el tipo de ruido que sus experimentos eran capaces de producir, cuyo abanico abarcaba desde violentas estampidas, a inocentes y sibilinos escapes de gas.
La casa tenía que estar construida de forma muy sólida si se tenía en cuenta todas los “eurekas” que Pablo había escuchado desde que tenía uso de razón. Macarena, que había conseguido mantenerles hasta entonces más o menos en silencio para evitar desvelar a su madre y al otro miembro de la familia, estaba segura de que aquel grito que provenía del desván y el estruendo posterior no podían haber pasado desapercibidos para nadie de la casa, durmiese o no.
Como respuesta a sus suposiciones, todos oyeron con claridad como la puerta de la habitación de sus padres se abría y se cerraba con suavidad. Un segundo después su madre aparecía atándose la bata por la puerta de la cocina.
La mamá de los chicos era la viva encarnación de la idea que cualquiera pudiese tener de una madre. Un rostro dulce de formas y gestos siempre amables.
–¿Vosotros también lo habéis oído? –preguntó a la concurrencia con voz somnolienta.
–¿El pedísimo? – le preguntó Pablo.
–Sí –su madre no pudo evitar sonreír–, el pedísimo.
–No fuimoz nozotlos, mami. Yo cleo que fue papá –comentó Rodrigo, acostumbrado a jugar siempre a la defensiva, mientras los cereales salían despedidos en pequeños trozos de su boca a la vez que hablaba.
–Claro cielo, ya me parecía a mí que no podíais haber sido vosotros –sonrió con cariño mientras le pasaba la mano por el pelo revuelto.
–Aunque solo sea por la salud de sus traseros –apostilló Macarena.
–¿Zabez lo que dice Cal-loz de loz pedoz, mami?
–Pues no. La verdad es que no sé lo que dice Carlos de los pedos –su madre se puso en lo peor teniendo en cuenta que la teoría provenía de Carlos.
–Rodrigo... –amonestó Pablo, que sabía que cualquier cosa que se dijese de Carlos tan sólo podía agrandar su leyenda negra y empeorar la imagen que su madre tenía de él.
–Deja que hable tu hermano, Pablo. Que también tiene derecho a hacerlo –le reprendió su madre con suavidad.
–Poz –Rodrigo tragó un buchito de leche con cereales–, dice que nuestoz pedoz ze caen hazta la China polque eztá debaco.
Hasta a Macarena se le escapó una pequeña risita cuando su cerebro acostumbrado a la lengua de trapo del niño tradujo lo que este quería decir. Rodrigo rió contagiado por su madre y por Macarena, mientras Pablo acababa su desayuno con gesto serio. Quizás porque ya conocía el chiste, o quizás porque no estaba del todo seguro de que fuese un chiste, ya que la cosa tenía su lógica.
–Y entonces, ¿qué pasa con los de los chinos? –preguntó Macarena en cuanto logró descongestionarse un poco.
–¡Poz que ze caen al ezpacio, demonioz!
Con la algarabía de las risas y las toses, nadie reparó en unos pasos amortiguados que bajaban la escalera de caracol del desván y se aproximaban lentamente a la cocina. En cualquier casa normal, aquella estampida y esos posteriores pasos furtivos hubiesen sido suficientes para poner a alguien nervioso. Pero nada de eso sucedía en la casa de Pablo, en la que muy pocas cosas eran lo que podía decirse normales. Hasta Gordo, que esperaba con paciencia su turno, pegado como un sello al rincón del armario en donde sabía que se guardaban sus bolitas de comida, se mostraba indiferente a todo lo que estaba pasando. Su única preocupación consistía en intentar llamar la atención de cualquiera que pasase lo suficientemente cerca como para recordarle que los gatos también desayunaban.
–Entonces, ¿qué ha sucedido hoy cariño? ¿O es que en el experimento estaba prevista también la explosión? –preguntó la mamá de Pablo, un segundo antes de que la figura desgarbada y un poco chamuscada de su marido hiciese acto de presencia en la cocina.
El papá de los chicos llevaba en su cabeza una especie de redecilla, a la que iba sujeto un manojo de finos cables que colgaban a su espalda a modo de rala melena de león. Sujetaba en una mano un papel densamente manuscrito que leía a la vez que caminaba. En su otra mano portaba una carpetilla de la que sobresalían las esquinas descolocadas de más folios.
¿Era la imaginación de Pablo o la cabeza de su padre estaba envuelta en una casi imperceptible nubecilla de humo negro?
El chico también se dio cuenta de que su papá llevaba puesto un albornoz rosa lamentablemente pequeño. Lógico si se tenía en cuenta que aquella prenda era de su mamá y que su padre le sacaba dos cabezas de altura.
De la faldilla de aquella bata emergían dos largas piernas, blancas y delgadas como palillos chinos, a juego con su enjuto cuerpo en forma de ese y su cara de científico despistado.
–Buenos días, familia. ¿Qué? ¿Oh? No, todo bien, todo bien, excelente –respondió a la pregunta mientras se sentaba a la mesa.
Macarena le miraba con los ojos como platos. A pesar de los muchos años que llevaba trabajando en la casa, todavía era capaz de asombrarse por la normalidad con la que la familia se tomaba asuntos como aquel. La mujer se agachó y apagó con dos dedos, previamente humedecidos en su lengua, una llamita que se resistía a extinguirse en uno de aquellos delgados cables.
–Por más tiempo que pase no se acostumbra una, no señor. Seguro que arriba estará todo negro como la boca de una mina. Debe de haber cientos de casas decentes en las que poder trabajar sin jugarse la vida, y en las que de verdad se valore mi trabajo –dicho lo cual con tono de reproche, salió disparada para comprobar como se había quedado el desván.
Pero en la casa todos conocían el genio de Macarena, que era como la gaseosa. A los cinco minutos habría perdido toda la fuerza.
En realidad era muy divertido comprobar lo previsible que era todo el mundo. Macarena siempre repetía la misma letanía ante cualquier cosa que la sacaba de sus casillas, pero jamás haría nada por buscar otra casa en la que trabajar. Adoraba a la familia y ya eran demasiados años los que llevaba con ellos, soportando sus excentricidades.
–¿Papá? Oye papi, ¿qué fue ese ruido? –preguntó Pablo, con un interés encaminado a comprobar si era posible repetir el experimento, a poder ser con él en primera fila.
–¿Ruido?, ¿qué ruido? Yo no oigo nada –un poco alarmado, su padre dejó los papeles sobre la mesa y bajó un par de dedos las gafas de lectura para mirar por encima de ellas a su hijo.
Escuchó con atención. Sólo se oía el siseo de la cafetera y la risita mal disimulada de su esposa.
–Pablo se refiere al de antes, cariño. A lo que pasó antes de que bajases.
–¡Ah!. Ese ruido. Bueno, esta vez estaba convencido de que sí saldría bien, ¿sabéis mozalbetes? –arrimó su cara a la de sus dos hijos para poner más énfasis en sus palabras–. Es muy extraño. Ayer el problema no tenía solución, pero durante la noche todo se arregló. Sí. Exactamente como lo oyes cielo, soñé con la solución. Antes de dormir... nada, pero por la mañana, al despertarme... ¡EUREKA! –lo pronunció agitando su mano derecha como lo haría un prestidigitador–. Por eso no pude casi ni esperar a levantarme para ponerlo en práctica. Se trataba de una solución sencilla –mano arriba y gesto trágico mirando al cielo–, pero a la par práctica y elegante –risitas de los niños–. Y lo mejor de todo es que siempre había estado delante de mis narices, pero nunca había reparado en ella. Debe de ser cierto que uno, durante el sueño, repasa todo su trabajo del día y sigue dándole vueltas. Pero aún hay algo que no acaba de encajar...
Pablo pensó que había cosas mucho más interesantes para soñar con ellas, pero no estaría mal poder tener un sueño como los de su padre en el que alguien le explicase cómo hacer un estruendo como el de antes.
El padre de Pablo trabajaba como científico y tenía su laboratorio en el desván de la casa. Eso estaba muy bien, porque así no tenía que esperar a que volviese del trabajo. Pero la verdad era que casi todo el tiempo se lo pasaba metido en el laboratorio y no dejaba que nadie, salvo su esposa, que era científica como él, entrase mientras la luz roja de la puerta permaneciese encendida. Un dispositivo que habían ideado por motivos de seguridad, después de aquella ocasión en la que Pablo había subido al desván y el desastre posterior. Fueron muchos baños los que Pablo necesitó para que desapareciese el color azul del líquido con el que se había impregnado, tras romper un matraz al tropezar con un cable que había tendido por el suelo.
–¿Y qué era lo que estabas haciendo, papi? –preguntó Pablo con sumo interés para ver si la respuesta podía darle alguna pista.
–Tu padre –contestó su mama sentándose junto a ellos en la mesa, con su tanque de café humeante– trabaja en un medio de transporte inmediato.
Pablo arrugó su nariz en claro gesto de incomprensión. Rodrigo seguía con la mirada a un cuervo que aterrizaba en una de las antenas de televisión de la casa de Carlos.
–Ahora tengo este bizcocho aquí –continuó su madre con la explicación–, y tras pasar esta puerta ¡Chas! –chasqueó los dedos–, ahora lo tengo en Australia, o en donde quiera que haya un portal que pueda recibir los trocitos de cosa que envíes.
–Goldo polía venil con nozotoz a Cádiz. Nozotoz pol coche y él pol aile  –apostilló Rodrigo, para demostrar que él también estaba atento a la conversación.
–No seas absurdo, enano –dijo Pablo utilizando una frase hecha a la que había cogido cariño– si Gordo va a Cádiz por el aire, entonces nosotros también podríamos ir de la misma forma.
–¡No quelo zel azuldo, mamá, que zemple me toca zel lo peol! –Rodrigo estaba más ofendido consigo mismo, por no haberse dado cuenta de su error, que enfadado con su hermano ante lo que pensaba que era un insulto.
–No llames enano a tu hermano, Pablo –su madre trataba de quitarle importancia a la pequeña pelea con tono condescendiente–, tengamos la fiesta en paz. Además, aún quedaría mucho tiempo hasta que se probase que las personas no sufren problemas con ese tipo transporte. Lo primero sería enviar alguna cosa inanimada y comprobar que reaparece al otro lado con las mismas propiedades, que no cambia.
Pablo iba a preguntarle a su madre más cosas sobre ese tema, ya que le parecía particularmente apasionante, cuando hasta sus oídos llegó un berrido de desesperación.
–Lo que no cambia –continuó su madre–, es el hambre que tiene vuestro hermano siempre a esta hora de la mañana.
–¡Vamos, Rodrigo! ¡Vamos a ver al hermanín! –Pablo se levantó de su silla como un resorte.
–¡Ti manín, manín! ¡Vamo vel manín!
La mamá de Pablo sonrió mientras apretaba la mano de su marido, que dejó por un segundo el repaso de los datos de los papeles y le devolvió una cálida sonrisa.
–Vamos a ver a la fierecilla pues –dijo mientras se levantaba de la mesa.
Los padres de los chicos se quedaron apoyados en el marco de la puerta. Contemplaban con satisfacción a sus dos hijos mayores reunidos alrededor de la cuna de Pelayo, el benjamín de la familia, de apenas seis meses de edad. Los chicos le hacían carantoñas e intentaban comunicarse con él.
–Nada –le comentó Pablo a Rodrigo después de comprobar que su hermano no se tenía en pie–, hoy tampoco parece que vaya a saber andar. Y lo de hablar... a ver si conseguimos que diga algo, pero me parece que tampoco...
–­Gu Gúuuuuu.
Los dos hermanos se miraron decepcionados. En la cuna, Pelayo pataleaba espasmódicamente en medio de un revoltijo de sábanas. El bebé parecía un polluelo en su nido. Su pequeña carita de luna llena relucía de felicidad por tener a su lado a sus dos hermanos mayores prestándole atención. Su boca, sin rastro de dientes y abierta de par en par, emitía sonidos guturales sin control. Seguro de que con algún tipo de sentido en el lenguaje de los bebés, pensó Pablo, pero nada que pudiese entenderse. ¿Cómo demonios se nos podría olvidar hablar “bebé”?
–Ez un lollo tenel helmanoz que no ze mueven –comentó Rodrigo, a la vez que introducía su manita regordeta entre los barrotillos de la cuna–. El ziguiente quielo que zea mayol.
–No seas absurdo Rodrigo, ¡qué sabrás tú de la vida! –le contestó Pablo, como si a sus diez años conociese todos los secretos del mundo.
–¡Mamáaaaaa!, no quelo zel azuldo.
Su madre decidió poner punto y final a la pequeña disputa.
–Hala chicos, que os vista Macarena, que a mí me toca dar el desayuno a este tragoncete.
Los chicos pasaron a su lado. Rodrigo cabizbajo.
–Rodrigooooo –dijo su madre mientras extendía la palma de la mano abierta hacia él.

–¡Demonioz! –Rodrigo entregó con gesto de derrota uno de los chupetes que se había agenciado de la cuna. Después desapareció tras su hermano mayor.